El Polígono de San Pablo es un humilde gran barrio de Sevilla city, dónde servidor se hizo hombre o al menos, eso que ahora os escribe. Se trata de una amplísima
zona de bloques de viviendas sociales, junto a las vías de la actual estación de
Santa Justa, junto a la triste carretera del norte, a Madrid. En el Polígono eran decenas
de miles de almas las que se esforzaban en salir adelante cada día, con muchas
penas, demasiada heroína, escasa gloria y una dosis generosa de guasa y surrealismo.
Pero esto de la naturaleza proverbial del 'polinganero' será capítulo aparte.
Lo que hoy nos trata es la frecuentada relación de mi barrio con el terrorismo español (ya sea revolucionario, euskaldún o del estado que nos contempla). Páginas muy duras, tristemente olvidadas porque aunque demasiados
cazurros se rompen las camisas por no desenterrar la historia que no les interesa,
serán muchos más los que se nieguen a olvidarla e incluso, a escribirla.
En mi barrio, recuerdo bombas y avisos de bomba
junto al enorme edificio de la Seguridad Social, cerca del monumento al indio de Kansas City, una que hirió gravemente a un albañil que pasaba por allí, justo al otro
lado de las vías en San José Obrero. Todos estos atentados que enumero fueron
de la ETA, el diablo oficial de la democracia para todo 'español de bien'. Y aquí
no caben matices, bajo pena de apología del terrorismo, como mínimo... Pero sin
duda, fueron los dolorosos
tiroteos y atentados del GRAPO,
los que me dejaron profunda huella, hasta hoy. El GRAPO, Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre, eran un puñado de
comunistas revolucionarios que, prácticamente sin ninguna base social que los
respaldara, protagonizaron un buen número de atentados que costaron la vida a
demasiadas personas. Percibidos por la mayoría de la sociedad como locos sanguinarios comunistas, su organización se articulaba y desarticulaba casi siempre por sorpresa y a golpe de gatillo policial.
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Rafael Padura Rodríguez, presidente de los Empresarios de Sevilla |
El 5 de septiembre de 1984 me enteré por el vocero oficial de la
sevillanía, el ABC, que unos estrafalarios delincuentes con peluca, que al final resultaron ser
terroristas del GRAPO, habían asesinado a Padura,
el presidente por aquel entonces de la patronal hispalense. El homicidio fue en
el propio despacho del empresario, a bocajarro, en una imprenta-papelería que
tenía (y que al parecer, en la actualidad sigue rigiendo su hijo) en la calle Luis Montoto, justo en los límites de mi barrio. Recordé un
tanto acongojado que no hace mucho tiempo fui a comprar papel Guarro para dibujo
técnico en aquel mismo establecimiento...
El día siguiente, fue mi cumpleaños, Una soleada mañana del verano indio
sevillano, me acompañaba desde plaza Naranjito de Triana a coger el 21, ese bus de
chapa naranja que a duras penas me dejaba en Plaza Nueva. Caminaba alegre, pues mi objetivo consistía en comprarme no sé qué puñeta inservible y
preadolescente en una colorida tienda del centro de Sevilla. En mi camino,
entre los grafitis de siempre, lucía una nueva pintada hecha con trazos torpes
y rojos:
“Juanini tu sangre
semilla
de libertad”

Es por esto que el Barrio B del Polígono de San Pablo había amanecido poblado de
gráfitis de tonos rojos y negros, con todo tipo de proclamas hacia Juanini: ‘Juan García Rueda,
presente’, ‘Juanini, no te olvidamos’, ‘Policía asesina’, ‘Viva el GRAPO’, ‘Abajo
el fascismo’… El barrio sin duda andaba revuelto, calentito,
y así lo comprobé al llegar a la avenida de la Soleá, dónde vi cantidad de furgones
de policía que por lo visto, y según me enteré por los presentes en la parada del
bus, estaban allí para protegernos de los comunistas que acompañaban al féretro
de Juanini. El 21 vino ¡a tiempo! y no puede observar lo que allí ocurrió
posteriormente.

Entre otros comentarios, de los muchos escuchados
ese día por mis oídos lampiños, me llamó mucho la atención el rumor extendido
de que el Juanini era un delincuente habitual, un pistolero yonqui que mataba
por dos gramos diarios de caballo. Otro de las perlas que escuché al llegar a
casa fue que ‘la patulea que se encontró para acompañar a Juanini en su último
adiós, eran todos yonquis muertos de hambre del polígono’... Todo falso. Todo
muy ABC.

Estos son lo hechos que he podido corroborar en la medida de lo posible, sobre otro de las oscuros capítulos del terrorismo hispano, la vida y muerte del 'Juanini'. En aquellos ochentas el terrorismo arreciaba, y como deleznables consecuencias, la represión y la injusticia
en muchos, demasiados órdenes. Como sabéis, aún hoy día resulta si no impensable, muy arriesgado hablar o mucho más escribir sobre
ello, en honor a la verdad, a toda la verdad posible, sin que te crucifiquen. En aquel día de mi cumpleaños, en aquella Sevilla salvaje, en aquella España profundamente politizada, por muy pequeño que fuera uno, resultaba
imposible no fijarse en los peligrosos balbuceos de una democracia que se abría
paso a trompicones. Y es que esa democracia de sótanos y reservados, aún sigue escondiendo muchas
historias incómodas que contar para los Gatopardos de la Transición.